Domingo, 1 de Noviembre de 2026
01/11/2026 13:03:04
CLAUSURA 2026
Boca-River, el superclásico de la gambeta

Lejos de permanecer en desuso, con la confianza depositada en Flores, Aranda –lesionado– y Velasco, y con las llegadas de Correa y Almada, los equipos se entregaron a la quintaesencia del fútbol argentino, que determinará el juego (no el árbitro ni el VAR). Este domingo, desde las 15 en la Bombonera.

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Domingo, 1 de noviembre de 2026

Inspirada en la estética de la histórica “Tango” –gajos blancos con triángulos negros–, la del Mundial de Argentina 1978, primera estrella de la selección. Pero atravesada por laureles celestes, que se superponen, inmiscuyéndose, entre fragmentos de la letra del himno: “Sean eternos los laureles…”. “Coronados de gloria vivamos…”. También, sobre la superficie texturada que le aporta estabilidad en el vuelo y precisión ejecutiva, un “10”, número que, asociado al fútbol, sintetiza (y más en la tierra de Mario Kempes, Diego Maradona y Lionel Messi). En la web de Adidas, empresa fabricante, patrocinadora de la AFA, de Boca y de River, el precio asciende a 329.999 pesos (el salario mínimo en el país, en octubre de 2026, es de $391.200). Se trata de la “Argentum Gambeta Derbi”.

El valor real de esa pelota –que se utilizará por primera vez en el fútbol argentino en el Boca-River por la fecha 15 del Clausura 2026 que se jugará desde las 15 en la Bombonera– remite, por un lado, a que mantiene casi inalterable la forma original, desde que el fútbol es fútbol; y, por otro, a que será el objetivo con y por el que los jugadores definirán el partido: los que mejor la manipulen, quien pueda hacerla hacer –que se meta en el arco rival–, determinará el juego (no el árbitro Nicolás Ramírez, no Silvio Trucco, el del VAR). Para ganar, los jugadores intentarán eludir a los rivales que procuren arrebatarle la “Argentum Gambeta Derbi” e introducirla entre los 7,32 metros de ancho y 2,44 de alto de lo que en España llaman “portería”. Y si allá hay derbis, acá, en Argentina, se juegan clásicos, y el más resonante de todos –el “súper”– es el Boca-River.

Boca (60,8%) y River (62,9%) son los equipos con mayor porcentaje de posesión en el Clausura 2026, según el último reporte de la Liga Profesional Data. El equipo que dirige Rodolfo “El Vasco” Arruabarrena, que pelea hasta por cinco títulos en el cierre de 2026, tira más centros en el último tercio de la cancha, el ofensivo (19-20 en promedio por partido contra 15). El equipo que tomó Leonardo Ponzio, quien pasó de la secretaría técnica a ser el DT, toca más en el último tercio (205-210 contra 183-185). Según Opta-Stats Perform, Boca (1.45) y River (1.42) son dos de los tres equipos menos directos para atacar, en base a los metros por segundo que progresan sobre el campo. En este contexto, los equipos de Arruabarrena y de Ponzio –quienes se enfrentaron seis veces mientras jugaban en el Villarreal y en el Zaragoza en España– necesitan la gambeta que rompe la alta posesión, que desactiva la tendencia –centrar, tocar–, que le pone turbo y salsa al avance sigiloso sobre el terreno: que destraba el desarrollo del juego.

“Soy muy respetuoso y un admirador de la gambeta –dijo una vez Marcelo Bielsa–. Es más: considero que dos gambetas juntas cambian el contenido de un partido, lo despeja, lo oxigena, lo hace más saludable”. En lo que va del Clausura 2026 (le quedará una última fecha de la fase de zonas, que se jugará entre miércoles y viernes próximos), Ángel Correa, el 10 de River, es el futbolista con más gambetas (80). Y el tercero, Leonel Flores (70), el desequilibrante atacante de Boca. Boca (133) es el segundo equipo con más gambetas exitosas, mientras que River (109) se ubica noveno. “Muchísimas veces el jugador utiliza ese recurso específico en una acción del juego que no lo admite –analizó otra vez Bielsa–. La gambeta tiene vida propia. ¿Cuál es la forma de anularla? Reprimiéndola. La gambeta debería ser bendecida y nunca reprimida”. Lejos de permanecer en desuso, con la confianza depositada en Flores y en Tomás Aranda –ahora en recuperación de una lesión–, más la autoconfianza ganada por Alan Velasco a partir de los minutos de juego, y con las contrataciones millonarias de Correa y de Thiago Almada, Boca y River se entregaron a la gambeta. Ellos son –y no sólo ellos– los herederos superclásicos de los Ariel Arnaldo Ortega –el Burrito– y los Ángel Clemente Rojas –Rojitas–.

La gambeta saca marcas de encima, eleva la autoestima, contagia al equipo. Y, porque enciende a los espectadores, en ella habita una cierta puesta en escena del arte de jugar a la pelota, que –incluso en un Boca-River– puede ser admirado por los futboleros hinchas contrarios (una gambeta, como si fuese un medicamento prescripto, reduce la histeria, saca la cabeza del termo). Los gambeteadores buscan la gambeta durante el partido: no se juega a gambetear, como no se juega a hacer jueguitos. Es uno de los mayores tesoros de un futbolista, de los más cotizados en el mercado de compra-venta. La gambeta desordena y desorganiza, abre mares en tiempos de fútbol burocrático (control y pase). Puede darse por las puntas, en el 1 vs. 1, entre el wing (pongámosle, Flores), y el lateral, y ser la precuela del gol. Puede emerger por el centro –y vale más porque pone de frente al arco rival–, por los pasillos interiores, donde juegan, balanceándose, los buenos de verdad (pongámosle, Correa). La gambeta como desequilibrio individual en función de los requerimientos del equipo. También como recorte previo a la finalización. Es lo que la imaginación permite, como una apilada, como el “Gol del Siglo” de Maradona a Inglaterra en México 1986 (el viernes, Diego hubiera cumplido 66 años).

En El gaucho Martín Fierro (1872), poema narrativo escrito en verso por José Hernández, hay “gambetas”, porque en El matadero (1871), primer cuento de la literatura argentina, de Esteban Echeverría, ya andábamos “gambeteando”. “Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraba chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscéneas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores”, leemos en El matadero. “Y en las playas corcoviendo / pedazos se hacía el sotreta / mientras él por las paletas / le jugaba las lloronas / y al ruido de las caronas / salía haciéndose gambetas”, leemos, a posteriori, en el Martín Fierro.

La gambeta, quintaesencia del fútbol argentino. Por eso, “vamo’ a bailar, / para cambiar esta suerte / Si sabemos gambetear, / para ahuyentar la muerte”, como canta la Bersuit en El baile de la gambeta (2004). Para ahuyentar la muerte –quizá mejor para olvidarnos de la muerte, más un domingo–, jugamos al fútbol –quizá mejor, jugamos a la pelota–. Y entonces nos creamos un Boca-River, el sumo partido entre los partidos en la tierra de plata, de “argentum”.



Domingo, 1 de noviembre de 2026

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